Capítulo IV
El Aeroclub "Las cortaderas" era uno de los tres más importantes de la provincia de Jujuy. La sede social lucía sobre su frente una enorme hélice, y allí se reunían los pilotos y aficionados, y aquellos que soñaban volar, algún día, emulando a los acróbatas que se atrevían con los cielos de la Quebrada. Hoy, en Tilcara, no quedan muchos que hayan sido testigos de las reuniones en donde la acrobacia aérea era el centro de convocatoria.
La pista de aterrizaje y despegue se hallaba a la vera del río Grande, hacia el norte, en las tierras pobladas de "cortaderas", y debido a la falta de espacio su recorrido era sinuoso e intrincado. Los pequeños aviones de una y dos plazas, que llevaban al público a sobrevolar los cerros, "viboreaban" por entre los filosos bordes de las plantas. La reunión semanal era los sábados, y los fanáticos del vuelo, curiosos y familias enteras, se congregaban en los alrededores de la pista para ver volar a aquellos hermosos aparatos piloteados por esas águilas del cielo tilcareño...
Don Manuel Corte está sobrevolando el río a bordo de un P-11. Rugen los motores a su máxima potencia, porque no cualquiera se animaría a levantarse en este aire tan poco denso, de vientos imprevisibles y paredes montañosas que se pueden tocar con las manos. Pero para Manuel Corte, piloto admirado y meteorólogo del Aeroclub "Las Cortaderas", es solo un paseo, otro gozoso fin de semana en Tilcara. En el suelo, maravillados, están los Alvarez (padre e hijo), el ingeniero García del Río, los Sánchez de Bustamante, el matrimonio Cummings, el pequeño Eduardo Cabrera, Cochinoca, el poeta precoz "Churqui" Coquevilca, y muchas otras personas (adultos y niños) del pueblo. El avión está tocando tierra, zigzagueando con pequeños saltos en la pista irregular. Los niños corren a ver la máquina, a tocar al piloto que luce brillante en su ropa de cuero. Es mediodía y se hace un alto para el pic-nic reparador.
Los Cummings están esperando al piloto que les ha prometido un paseo por las nubes. Cochinoca ha preparado el buffet que consiste de pollo y ensalada.
Manuel Corte se acerca despacio, rodeado de niños, casi "irreal" envuelto en luminosidad: la misma que envuelve a toda la escena en "Las Cortaderas", la misma luz que baña a Tilcara desde siempre. Mrs. Cummings sonríe y saluda al piloto con británico acento. Don Manuel contesta con idéntica cortesía, e inicia una conversación sobre los climas del hemisferio norte y la habilidad de los pilotos ingleses.
Armando Alvarez, Eduardo Cabrera, el "Churqui" y otros changos están desarmando el avión con la mirada y el pensamiento, y hablan de su mecánica como grandes expertos. El P-11 es, a sus ojos y sueños, una carroza de los dioses. Años más tarde, uno de ellos haría realidad su sueño, convirtiéndose en piloto.
Ha terminado el frugal almuerzo y Don Manuel y Mrs. Cummings se dirigen hacia el avión. Este sábado sólo se podrá realizar un paseo más y es Mrs. Cummings quien tendrá el privilegio de acompañar al piloto. Se ha levantado un fuerte viento del sur y las condiciones son inestables. El avión levanta vuelo enfrentando el viento, pero luego hace una gran curva y se lo ve girando, tocando, casi, la cima del cerro Cono; acelera hacia el norte y sobrevuelan Los Amarillos y Yacoraite, para luego volver bordeando el cerro Negro y pasar por encima de la concurrencia, mientras Mrs. Cummings, loca de alegría, agita un pequeño pañuelo blanco desde su asiento.
En pleno siglo 20 esta pequeña aldea descubría el tren, el avión, el automotor, apenas unos años después de que estos adelantos aparecieran en el mundo. Eran los años "gentiles", "nobles". La historia del "Aeroclub Las Cortaderas" merecería un relato aparte, con todos sus nombres y anécdotas, que aún hoy se siguen contando.
Muchos otros "Ases del Aire" se convocaban cada fin de semana en Tilcara, pero la memoria de esta época dorada se va diluyendo. Ya casi no sobrevuelan aviones sobre la quebrada, y el ruido del motor del P-11 ha quedado como una añoranza en la memoria de unos pocos...