relato de un paciente del Hospital Juan A. Fernández, del barrio porteño de palermo...
Me habían dado la orden para hacerme un espermograma hoy jueves a hs. 14.00.; si bien me cohibía un poco la cuestión, tampoco me mortifiqué demasiado y llegué a horario ante el médico mediante el cual me haría el análisis.
Leyó mis datos, sin preguntarme nada, y sin nada para aclarar me dijo que esperara en el pasillo, que tenía otros pacientes para lo mismo; todo natural, debía esperar mi turno, ya que había llegado 15 minutos antes.
Me puse a leer mi cuaderno, pero a los dos minutos vino con un paciente, nos preguntó si teníamos los frascos, y nos dijo: tienen que ir al baño que está al fondo del pasillo, masturbarse y acabar en el frasco, después me lo traen. Me pareció un poco cruda la forma de abordar la cuestión, al igual que a mi cumpa de circunstancias, pero bueno, el médico sabrá lo que hace. Así que, codo a codo, atravesando el largo pasillo, íbamos buscando el baño a los costados, tratando de no mirarnos mucho.
Dimos con el baño y el amigo se mandó derecho al primer cubículo que tenía la puerta abierta, y se encerró. ¡Varón!. Pero yo, que pensaba demasiado, y no tenía cubículo en donde entrar, me quedé dos minutos observando en la puerta, dos minutos que me desarmaron.
Dos linyeras se afeitaban mutuamente, en medio de un charco de agua y jabón, mientras conversaban de sus respectivas vidas. La mugre de pisos y paredes invadía todo y yo sólo pensaba en las infecciones, la cantidad de secreciones por mm. cuadrado: el pus, la sangre, el chancro, la tuberculosis, el pis, la caca... y entonces, decidí que sí o sí había que hacerlo y se abrió una puerta y me mandé para el fondo, mientras me imaginaba yendo a darle el frasco al doctor y decirle que vaya a masturbarse él mismo.
El cubículo quedaba abierto, no tenía traba, entonces con sumo asco me apoyé contra la puerta, y con mis pertenencias en la mano, más el frasco, miré en donde estaba y sentí una náusea aterradora. No, no podría, definitivamente me iría del hospital sin hacerlo, no podía afrontar tanto asco y tanto miedo de contagiarme cualquier peste.
Salí corriendo del baño dispuesto a irme de ahí, pero se me ocurrió seguir caminando por los pasillos, tratar de calmarme y vencer mi miedo y mi asco, mi humillación. Así seguí andando y llegué al subsuelo, en donde en un bañito aparentemente limpio (por supuesto que no brillaba de limpieza y olor a lavandina), hice lo que debía, para luego volver al laboratorio a entregar la muestra.
Ustedes creerán que esto es algo gracioso, o no, una anécdota que después disfrutaría con mis amigos. Pero no es así. Todavía estoy temblando de sólo pensar que la salud pública es algo tan fatalmente sucio, y contagioso.

